BALLARD

Publicado: diciembre 8, 2010 en Ballard, literatura

J. G. Ballard supo entrever diferentes evoluciones para la novela, encontrando un balance natural entre lo autobiográfico y la ciencia ficción. Ballard, hombre instruido en las ciencias, con esa mezcolanza de datos empíricos y teorías futuristas, dejaba hueco a otro tipo de ficción, ensayando con teorías propicias para los tiempos de vertiginosos cambios que vivimos. Acertó, sobre todo, en la soledad de la urbe, en la personificación demoniaca de los coches, como extensiones de nuestra ira y lascivia, en el vouyerismo de atrocidades que pagamos por ver en el cine.

 Nunca me ha parecido un autor fácil. Como Philip K. Dick, necesitas ir adecuándote a su prosa para convertirte en un completo adicto. Igual que el autor de Valis, la influencia de Ballard está en cualquier parte. Podemos encontrar referencias directas en la música de Joy Division, o rastrearla en el cine, con las adaptaciones de su obra por parte de gente tan distinta entre sí como Spielberg o el sugerente Cronenberg.

 Mi primer contacto con Ballard fue a raíz del cine, de la adaptación de Crash por parte de Cronenberg. Enfermiza, lúbrica, urbana, era un shock para alguien tan ajeno a la automoción como yo. Un análisis certero de cómo nos puede cambiar tener el control, y la necesidad de emociones cada vez más fuertes  en ese mar de asfalto y gasolina. La obra en la que estaba inspirada, aún publicada en los setenta, mantenía toda la vigencia de su distópico discurso. Obviamente, hay diferentes capas y niveles. Algunas personas la tacharon de efectista e incluso de obscenidad gratuita. Es como leer a Bukowski y creer que simplemente estás leyendo un cúmulo de borracheras, sexo cutre y despidos.

 El resto de sus obras que he podido leer, inciden en ese catálogo de aberraciones que, en la mayoría de ocasiones, tienen que ver con las carencias del hombre moderno en un marco tecnológico y capitalista que nos ha absorbido completamente. Ahora mismo estoy leyendo, de Ballard, un libro de textos de diferente índole, desde la crítica literaria al análisis geopolítico. Sorprende que en la voz más personal, la voz del escritor metido a comentarista del mundo y sus artefactos, Ballard no sólo sigue estableciendo sus reglas, sino que su escalpelo es, en ocasiones, más incisivo y mordaz. Sabe conjugar el escepticismo hacia los mitos modernos con reflexiones de enjundia, estés o no de acuerdo con él.

 Hace un par de años, desconociendo que ya estaba en fase terminal de su cáncer, envié una petición de entrevista a su Web. Es alguien que merecía la pena oír al otro lado del teléfono. Que podía darme claves para el día a día. No nos engañemos, las mejores entrevistas, y hablo desde mi perspectiva de hacedor de cuestiones, son aquellas donde preguntas de manera camuflada por tus intereses reales. Sentí un dolor punzante el día que me enteré de su fallecimiento. Era de esas pérdidas críticas. Creaba otra baja más en un mundo ausente de voces disonantes o iconoclastas. Ballard era uno de los nuestros, y a su manera, velaba por nosotros.

Columna publicada este año en El correo de Burgos.

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