BENJAMÍN PRADO

Publicado: abril 23, 2012 en Benjamín Prado

Multidisciplinar escritor, Benjamín Prado irrumpió en la escena novelística 90’s a través de “Raro” y “Nunca le des la mano a un pistolero zurdo”. Reflexiones existenciales sobre la carretera, o recordatorios del adiós, con un fuerte halo poético y rockero inundando cada capítulo, página y frase. En años posteriores iría variando su temática de ficción, hasta llegar a “Mala gente que camina”, novela sobre los niños robados en tiempos de posguerra para ser entregados a familias afines al régimen.

Pero antes de “Raro” (con Kurt Cobain en portada), de ser agrupado en una generación de escritores jóvenes con demasiada prisa por conocer final, de su renovado éxito con “Mala gente que camina”, Benjamín Prado fue dylanita y poeta, constantes que aún mantiene en su carrera,  que le han hecho diferente a muchos de sus coetáneos. Famosa es su observación sobre lo que quiere decir el de Minnesota cuando pide que le pasen una cuchara. Ese sustrato de contador de historias, de preciosista forma, es un valor seguro a la hora de leer un libro de Prado. Mientras otros se dedicaban a escupir historias de bares llenos de pijos, que escuchaban a Nirvana porque era lo que tocaba, en “Nunca le des la mano a un pistolero zurdo”, por citar una de sus novelas de entonces, siempre encontrabas algo más, un novelista que tenía tantas cosas que decir como insinuar entre líneas. Y eso se ha confirmado en su amplitud de horizontes, manteniendo un exquisito gusto por los títulos, dando igual de validez a la poesía como sus ejercicios en prosa (su primer poemario se publicó el año que Sonic Youth publicaron “Evol”).

¿Cómo fueron tus inicios literarios? ¿Qué importancia tuvo en los mismos el Rock? Una vez dijiste que con Dylan empezó todo para ti.

“Sí, es verdad. Un día entré en mi casa, puse la radio, y estaba sonando Dylan con ‘Hurricane’. Pensé inmediatamente que quería ser ese tipo. Después todo se mezcló muy rápidamente. Cuando fui al instituto al lunes siguiente, había ya escrito cuatro imitaciones baratas de las canciones de su dylanísima. El profesor de literatura las leyó, y me dijo, oye, si te gusta escribir, yo te recomiendo que leas ‘Poeta en Nueva York’ de Lorca, y ‘Sobre los ángeles’ de Alberti. Me fui a una librería, me compré ‘Sobre los ángeles’ de Alberti, lo leí, e inmediatamente cambié de principios, como Groucho Marx. Ya no quiso ser Dylan sino Alberti (Risas). Esto fue un martes. El sábado de esa semana, después de comer, mi padre me mandó a comprar una barra de helado al bar de la esquina, a cincuenta metros de mi casa; cuando entré, estaba Alberti sentado. Fuimos amigos durante catorce años. Pero, a pesar de todo, nunca olvidé que Dylan me dio el do, las ganas de escribir, y durante toda mi vida, y esto lo digo siempre para explicar lo que me gusta la palabra fe, siempre y cuando esté fuera de una catedral, he comentado que nunca publicaré nada que me avergonzase enseñarle a Dylan. La gente siempre se ha reído de esa frase. El caso es que mientras lo decía iba publicando libros, y algunos se iban traduciendo a otras lenguas. Muchos en inglés; alguno en USA, otros en Inglaterra. En el año 99, cuando Dylan hizo una gira por España, de once conciertos, yo vi nueve. El telonero era Andrés Calamaro. Andrés, después de cada actuación, me dejaba su pase de escenario, y yo entraba para ver salir a Dylan a escena. Cuando había visto ocho conciertos, en el noveno ya le di un par de libros míos traducidos al inglés. No sé si los habrá leído, pero sí que sé mi excentricidad de mantener esa historia, lo de nunca publicar nada que me avergonzase enseñarle a Dylan, al final se cumplió, y yo se los di. No sé qué le parecería”. (Risas)

¿Hay otros artistas de Rock que te hayan marcado en tu forma de escribir?

“Estoy escuchando todo el rato música. Soy de los que cada día le rezo un padrenuestro al inventor del iPod. Siempre trabajo y escribo con música, así que hay un millón de referentes. Incluso con algún amigo me atrevo a escribir canciones de vez en cuando. Me gustan los buenos letristas, y aparte de Dylan,  me gusta mucho Tom Waits, Patti Smith, Sabina, Leonard Cohen, Mark Lanegan…Tampoco creo que el camino de una canción hasta un poema sea solo la letra, la música es fundamental. Me encanta utilizar la música para cambiar mis estados de ánimo. Si estoy escribiendo una novela, lo mismo puedo saltar de Nirvana a Miles Davis, o a Amy Winehouse, o a Mark Lanegan. Pincho música diferente para cambiar el ambiente. Y he escrito novelas que contienen mucho Rock n’ Roll dentro, como ‘Raro’, pero en las demás, aunque no se aprecie de la misma manera, por lo que te digo, también está presente”.

A pesar de haber publicado ya poemarios, el libro con el que se te conoce, y donde relatas un encuentro con Dylan, es tu novela “Raro”.

“Seguramente mejor prosa que novela. ¿Sabes? Yo nunca vuelvo a leer mis novelas. Solo cuando las traducen al inglés, puedo empezar a leerlas de nuevo, para ver qué onda tienen, pero me canso en seguida y no las termino. ‘Raro’ es una novela a la que le tengo cariño, porque me abrió muchas puertas. La escribí pensando que vendería cinco mil ejemplares, y al final vendió cincuenta mil. Después he escrito libros que me han gustado más. Durante años salieron muchísimas ediciones de ‘Raro’, y hubo un momento que las paré, me apetecía más que se leyeran otras cosas mías. Ahora, de hecho, estoy levantando el veto, y se va a volver a publicar”.

En esos libros primeros, hacías menciones a algunos grupos de la época, como Soundgarden.

“Fantástica época. Me gustan grupos muy raros de aquel entonces, como Screaming Trees o Beat Happening, no sé si te acordarás de estos últimos. Ese tipo de grupos alternativos americanos  que publicaba el sello subo pop al principio. Me gustaron incluso, en una onda muy distinta, los primeros Walkabouts. Siento predilección por la música que suena obsesiva, porque yo también debo sonar obsesivo”. (Risas)

Esas bandas, con Nirvana a la cabeza, fueron un punto y aparte en el Rock.

“Recuerdo haber visto a Kurt Cobain, en el segundo concierto suyo que asistí, en Madrid. Me metieron en los camerinos. El resto de miembros de Nirvana hablaban mucho, mientras Cobain hablaba más bien poco. Estaba fumándose un inmenso petardo (Risas), que por cierto, no compartió el muy cabrón. Tenía algo. Su música fue lo último grande que le pasó al Rock n’ Roll. No sé si me entiendes”.

Desde luego, era lo más real que había. Se notaba la diferencia con otros grupos coetáneos como Soundgarden o Alice In Chains, grupos cojonudos, pero sin tanto fondo.

“A mí también me gustaron mucho esos grupos, pero eran otro tipo de concepto”.

En esos años, primeros noventa, se te solía encasillar en una especie de generación x española, con otros autores como Ray Loriga, o Miguel Ángel Mañas. ¿Te sentías parte de algo, o consideras que fue una forma como otra cualquiera en que la prensa os aglutinó, por ser jóvenes y gustaros el Rock?

“Nunca me he sentido dentro de nada, siempre me he definido a mí mismo como un desertor de todos los ejércitos. De esas personas, al único que conozco es a Ray. Con Ray he sido compañero de drogas, de noches infinitas, y de conversaciones larguísimas de música, libros… A los demás de esa supuesta generación, ni los conozco. No sé si una generación entre desconocidos puede llegar a existir. Además, no me gusta mucho repetirme, en cada libro intento cosas distintas. Es muy divertido ver la cara que se le queda al lector cuando haces cosas que no esperaba. Eso es lo que llevo haciendo Dylan toda la vida”.

De todas maneras, es cierto que había otra forma de escribir, y que el público os podía llegar a apreciar como la respuesta española a un tótem como Bukowski, u otros autores, de un realismo más crudo y con referentes pop, como Ellis o Dennis Cooper.

“Mira, Dennis Cooper no me interesa gran cosa, y de Bret Easton Ellis me gustó su primera novela, ‘Menos que cero’, y bastante poco el resto de su obra. En cambio, Bukowski sí es un grandísimo escritor. Sobre todo es un escritor enorme en lo que menos se quiere ver de él, aparte de su rollo más salvaje. Es un escritor muy sensible, muy agudo, e incluso diría que muy sentimental. Me gusta tanto en sus cuentos y novelas como en sus poemas. También es cierto que fue un tipo que escribía diez poemas al día. Siempre hay algo válido en esas  poesías, siempre tiene algunos versos que me llaman la atención. A Bukowski me lo quedo, a los otros dos los revendo en cualquier mercado”.

Es que hasta en un libro tan sexual como “Mujeres”, subyace ese romanticismo de Bukowski, aunque los lectores se queden con los polvos salvajes, o no tan salvajes. (Risas)

“No se puede hablar de ellas a pesar del sexo, eso no lo he entendido. (Risas) Siempre hay cosas que… no sé si son más visibles, o más fáciles de definir, o más fáciles de vender, pero prevalecen para el lector. Mira, a mí mismo me ha pasado. No creo que ‘Raro’ sea una obra maestra, pero sí que creo que es algo más que una novelita de Rock n’ Roll y chicos que bailan. Esa es la razón por la que terminé cansado de ‘Raro’, y le paré los pies. Lo que no se veía era lo que más me interesaba. Tampoco sucede nada por eso, hay que quitarle trascendencia. Lo fantástico es que los libros se sigan reeditando. Se dice que vivimos una cultura de usar y tirar, y no es verdad, hay gente que te sigue. (…) Bukowski escribió mucho, y es un escritor muy uniforme, todo es realmente casi el mismo libro, o capítulos del mismo libro, su autobiografía. Me acuerdo por ejemplo de ‘Hollywood’, cuando va con su mujer en el coche, y aparcan enfrente del cine donde están poniendo ‘Barfly’, y se pone a contar la gente que entra en el cine, mientras de puertas para fuera da a entender que lo del cine le importa tres cojones. Cuando dice: ‘no está nada mal, veintisiete hasta ahora, para ser un martes…’. Eso es muy tierno”. (Risas)

¿Te gustó “Barfly”?

“Sí,  me hace gracia que Bukowski todo el rato interrumpiera el rodaje. ‘¡Paren! ¡Paren! ¡Es imposible! Este tipo acaba de decir que se ha comprado con sus tres últimos dólares un whisky, y ha dejado un centímetro. Jamás haría eso un borracho de verdad’. Al final lo echan del rodaje, porque están hasta los cojones”. (Risas)

Mickey Rourke hizo un papel fantástico. No sé si te gusta…

“Me encanta. Ha llegado a ser el peor actor de la historia en algunas películas, y lo contrario. Una vez fui a su bar en Miami, y me intentaron vender los guantes con los que había peleado con alguno de esos paquetes. (Risas) Los guantes, los calzones, y las toallas con las que se había secado el sudor contra los paquetes que le ponían en frente. Es como el Vila-Matas de los actores. (Risas). Ocurrió una cosa muy graciosa en ese bar de Miami. El bar estaba absolutamente vacío, un bar enorme. No sé si lo seguirá teniendo. El caso es que estábamos…como unas  seis personas, y la mitad eran japoneses. De pronto se formó un tumulto, entró un grupo de gente, y en el centro estaba Madonna. Se sentó en una mesa lejos de nosotros. A los diez minutos, el bar estaba abarrotado, y había un par de matones en la puerta seleccionando quién podía entrar, y quién no. Lo que es la fama”.

¿Qué interpretación haces del concepto de la fama, que está actualmente más en auge que nunca?

“La fama es bastante altiva, y Jesucristo ya era bastante popular en su época. Lo que siempre distingo es entre fama y éxito. La fama es una gilipollez, puede ser famoso cualquiera por dos tonterías. El éxito, en cambio, es muy legítimo, suele ser el resultado de que a la gente le gusta algo que haces. Y tú me podrás decir, lo mismo puede gustar una novela fantástica, o un best seller. Yo no tengo nada contra los best sellers, es más fácil el salto de un best seller a un buen libro, que de la nada a un buen libro. El éxito yo lo aplaudo siempre. Una manera de definir a las personas es las que se alegran de los éxitos de sus amigos, y los que los lamentan profundamente. El que busca la fama siempre es idiota, está buscando algo demasiado barato. No sé si Nietzsche, o Camus, decía, ser célebre es bastante fácil, lo difícil es merecérselo”.

A pesar de conseguir éxito con tu primera novela, es en la segunda, “Nunca le des la mano a un pistolero zurdo”, con la que lograste dar en el punto clave de lo que es una novela de jóvenes, con todo lo que conlleva, y lo que hay, más allá del Rock. Defines muy bien lo que es la juventud, y la pérdida, y la huida ¿Cómo recuerdas su creación? Y si surgió a raíz de ese título, porque con un título así, es imposible hacer una novela mala.

(Risas) “Sí. Bueno, siempre he escrito de una manera extraña, moviéndome mucho. Un aforista que me gusta, escribió que la justicia es la verdad en acción. Hay que saltar cosas, y correr hacia sitios, para encontrarla. En la literatura me pasa lo mismo, tengo que moverme. Me siento incapaz de escribir un libro en mi casa, con un horario de antemano. Soy de los que de pronto tiene que coger un avión, o un tren, e irse a alguna parte y si es yendo a la estación, y preguntando a dónde sale el siguiente, y cogiéndolo sin más, mejor aún. Para mí escribir es también actuar. Me tengo que meter en un papel, me tengo que meter en una novela para poder escribir la siguiente. Como hice con ‘Raro’, ese tipo de cosas. Cogía un bus, un tren, un avión a no se dónde, y después, en ese otro lugar, me sentaba, observaba a la gente, los conocía, y les robaba el alma, como a los indios cuando les haces una foto. Así es como escribí esa novela, queriendo inventarme algo, intentando que las novelas le hablen a los lectores, pero que también los escuchen. Patti Smith dice que a una caracola no se la habla, se la escucha. Yo la llevo la contraria,  hay que escribir libros que se les pueda hablar, que puedas oír tu eco. Eso no es fácil si no te mueves, si eres un poeta sentado. Todo el mundo me pregunta cómo pudo escribir seis novelas en seis años. Yo entonces andaba por el wild side, y en seis años, ninguna noche dormí más de dos o tres horas. Cuando acabó todo eso, terminé en el hospital, pero coño, tenía seis novelas escritas. A mí nunca me ha venido a buscar un libro, siempre los he ido a buscar yo a ellos. Y  las cosas que pasaban hasta las doce de la noche, no tenían lugar mis primeras novelas, tenía que ir a buscarlas un poco más tarde”. (Risas)

¿Por qué decidiste recuperar el personaje de “Nunca le des la mano a un pistolero zurdo”, en “Alguien se acerca”?

“Ni idea, porque esa es mi novela bonzo, como la llamaba Andrés Calamaro. Es muy rara, muy extraña. Ha sido mi novela menos leída, y la que menos interés despertó. Yo la tengo cariño por eso mismo. No solamente un personaje saltaba como un pez de un libro a otro, sino que empezaban cosas que luego vendrían en otros libros. No hay tantas diferencias, para mí, entre esta, y ‘Mala gente que camina’, que ha tenido mucho éxito, aunque ‘Alguien se acerca’ sea más de Peter Hanke, más centroeuropea. Hablan de personas extrañas, que se tiran en marcha de su vida, o llevan una existencia diferente. No tuvo mucho éxito la verdad”.

Debo reconocerte que cuando la leí, tuve sentimientos encontrados. (Risas)

“Sí, es muy rara. Yo me di cuenta de lo extraña que era, cuando dos de los tipos más freaks que conozco, y por eso me interesan, Justo Navarro y Enrique Vila-Matas, me dijeron que era muy rara. Y dije, joder, si es rara para estos dos, es que es rara de verdad”. (Risas)

¿Qué te atrae de los personajes que buscan desaparecer en un momento determinado de su vida, que llega un instante en que dejan todo de lado y se marchan para siempre?

“Yo creo que en este mundo o eres Conrad, o conformarte con tu propia vida es un error. No me parece que se llegue demasiado lejos por ese camino. El propio acto de leer es no conformarse con tu propia vida, ir a buscar otras cosas. Cuando terminas un libro, ya tienes los recuerdos y las experiencias de otra persona, sufres una transfusión. Eso es la lectura y también la escritura, al menos para mí. Los personajes planos de las novelas no me interesan, y fuera de las novelas, tampoco me llama la atención gente cuya música está hecha de una sola cuerda. Prefiero la complejidad, si quieres llamarlo así.”.

Todos esos personajes, me recuerdan un poco a los de algunas películas de Wim Wenders, como “París-Texas”.

“O ‘Cielo sobre Berlín, una película maravillosa. Me gusta tanto, que hasta acepto su segunda parte. Debo ser de las únicas tres personas que les gustó. Es más, me llegó a gustar ese disparate que se llamaba ‘Until the End of the World’. Me gustó mucho la idea de esa película, comprendiendo que era una película excesiva por todas partes. Luego ya no…de hecho, lo conocí en una situación incómoda. Estuvimos una vez Christina Rosenvinge y yo con él, después de hacer esa película horrorosa sobre Lisboa, ‘Lisboa Story’. La película era tan mala, que a pesar de tener la oportunidad de estar con un tipo que admirábamos mucho, no sabíamos qué demonios decirle. Estábamos anonadados por lo mala que era. (Risas) Eso sí, la piedra filosofal de Wenders era Peter Handke. Se nota mucho su presencia”.

A partir de “No solo el fuego”, cambió la perspectiva de tu obra. No tanto en la forma de escribir, como en las temáticas a tratar.

“No sé que decirte. Uno escribe lo que le pide el cuerpo. En esa época de mi vida estaba viajando mucho, yendo a Latinoamérica continuamente. Hacía giras de mes y pico, por unos diez países. Tienes otras experiencias, conoces otra gente, y también influye la edad en que realizas esos viajes. Es una novela casi híbrida, tiene personajes y temas que luego van a estar en ‘Mala gente que camina’, pero también muchas rarezas, personajes a los que les caen rayos, por ejemplo;  gente perdida, personas que viven un poco dentro de la decepción, que no han llegado donde esperaban, o que se dan cuenta que las personas con las que están, no son las que creían que eran. Hay un poco de las dos cosas en esa novela. También te hablo de memoria, no me acuerdo de todo. Esa es la idea que tengo de ella, una especie de bisagra de lo que he hecho”.

Una novela realmente divertida, es tu homenaje al género detectivesco de ‘La nieve está vacía’.

“Me lo pasé bomba, me divertí muchísimo escribiéndola, sobre todo pensando en todo lo que no podía pasar hoy día, como los móviles. Si tú dejas caer un móvil en cualquier novela de Raymond Chandler, o Dashiell Hammett, o Chester Himes, o Ross McDonald, cualquiera de los grandes, te la cargas, porque entonces, piensas, coge el teléfono, llamas, y asunto resuelto. Me hace gracia porque un día, viendo una película con Almodóvar, Pedro me dijo que situaba todas sus películas en los años ochenta por pánico al móvil, para no tener que justificar que el móvil pudiera solucionar cualquier situación de aislamiento, o de asfixia. Con esa novela me lo pasé muy bien intentando engañar al lector todo el rato. Me gusta mucho, creo que se podría hacer una buena peli con ella de hecho. También tenía su extrañeza, me encanta el personaje que se dedicaba a ir los fines de semana, vestido de adinerado, a casas en las que no podía vivir ni de coña, porque no le daba el sueldo para tanto. Siempre he estado  obsesionado con la gente que finge otras vidas. Este no es capaz de escaparse como el de ‘Alguien se acerca’, o de irse a América, como el de ‘No solo el fuego’, pero si que es capaz de fingir un par de horitas cada fin de semana, que tiene otro dinero y otra vida. Al final, el precio de la mentira es caro, y este lo paga”.

¿De qué manera te enfrentas a la poesía, en contraposición a la prosa?

“De manera absolutamente natural. Siempre escribo a partir de una idea, y jamás me ha ocurrido que tuviera que pensar, qué hago, un poema, un relato, una novela…Me llega ya la idea con el género, por alguna razón misteriosa que te podría contar, pero no explicar. Si se me ocurre algo, ya sé lo que va a ser. De hecho, la gente se sorprende que mantenga la regularidad tanto en un género como en otro, y para mí es natural, no tengo problemas ni dudas. Un poema lo llevo siempre en la cabeza. Siempre he dicho que los poemas se escriben con la cabeza, y las novelas con las manos. En las novelas hay que trabajar, hay que hacer todos los días un poco, unas líneas. Un poema puedo tenerlo en la cabeza meses, y ahí está, nada me lo quita. Siempre he tenido la teoría, que en los poemas no hay que apuntarse nada. Si hay que apuntar un verso, no era tan bueno. Si era tan bueno, te acordarás seguro”.

Hay algo que siempre he tenido sospechas, y es los tejemanejes que puedan darse en los premios poéticos. Puedo entender que, dentro de la industria del libro, se den los premios de novela a dedo, en el sentido de que hay dinero de por medio, pero en la poesía es una cuestión de ego.

“Yo soy jurado de algunos premios, y, sinceramente, nadie me ha dicho a quién hay que dárselo. Lo que si que me han dicho es que se ha presentado tal autor. A veces es ese el libro que crees que es el mejor que gana, y otras pierde. Algunas cosas se saben, y otra no. Si yo estoy en el jurado, y si le damos un premio al escritor x, conocido, se sabe. En cambio, lo que no se sabe es la cantidad de veces que escritores conocidos, que te han hecho saber por tierra, mar y aire que se han presentado, no ganan el premio. Tampoco lo vas a decir. Yo te estoy hablando de premios de poesía; del Planeta y demás, no tengo ni la más remota idea, nunca me han invitado a ser jurado en uno de esos. Han invitado a algunos amigos míos como Juan Marsé, y no han salido muy contentos. No quiero opinar sobre aquello que no he hecho. En los que yo he probado, ha ocurrido de todo de ganarlos conocidos, desconocidos, o desiertos, cuando se había presentado gente de mucha fusta”.

Era una duda…

“Sigue teniéndola. Es absolutamente razonable que la tengas, porque en muchas ocasiones las cosas no están tan claras”.

Hace no mucho seleccionaste los poemas para una antología de Patti Smith. ¿Cómo resultó la experiencia?

“Hubo varias cosas fantásticas. La primera, la oportunidad de leerme todos sus libros de poemas, que no todos los había podido leer íntegramente. Y la segunda, fue una experiencia estupenda mandarme mails con ella, para sugerirle cosas, o que me dijera algo de algún poema. También me gustó mucho verla en un conciertito aquí en Madrid, para cincuenta o setenta personas. De lo mejor que he visto. Es fantástica, con ese bigote maravilloso que tiene, los ojos de Picasso allí clavados en la cabeza, y escupiendo entre estrofa y estrofa, como un camionero. (Risas) La adoro”.

¿Hablas del concierto dela CasaEncendida? Que costaba tres euros…al menos, eso pagué yo. (Risas)

“Sí, ese es. Sinceramente, no he visto más fuerza sobre un escenario en mi vida. Fue un terremoto”.

Es curioso que su poeta favorita sea alguien de conducta tan terrible, en vida y obra, como Rimbaud, siendo ella pacifista…

“No sé si estoy muy de acuerdo con tu visión de Rimbaud”.

¿En qué sentido?

“Tampoco lo he pensado tanto, porque nunca ha sido de mis poetas favoritos, prefiero a Baudelaire en cualquier caso, o William Blake. De los que le gustan a Dylan, que son Rimbaud y Blake, prefiero a Blake. Y no tiene mucho que ver la verdad, toda la vida estamos poniendo los mismos ejemplos, A todos nos encanta Celine, y era un tipo de cuidado, filo nazi de arriba abajo. A veces esa contradicción existe, entre personas terriblemente reaccionarias, o hasta fascistas, y obras revolucionarias. Mira Ezra Pound,  un gran defensor de Mussolini, y en cambio escribió la poesía más revolucionaria, o más inconformistas del siglo veinte. Supongo que Patti Smith lo que admira es su poesía. El personaje también es bastante fascinante, de hecho me gusta más su personaje que el poeta”.

Para mí son indisociables, profetizaba su vida en su obra, y no tuvo una vida precisamente recomendable, o maravillosa.

“Sí, no era maravillosa, seguro que no. Si lo hubiera sido, no les hubiera gustado a tipos como Dylan y Patti Smith”. (Risas)

¿Qué personaje de la literatura sería Dylan para ti?

“Mmm…, es una pregunta muy complicada. No creo que Dylan necesite que se le busque un personaje de la historia de la literatura. Él mismo es un personaje de literatura. Yo soy de los que cree que habría que darle el premio Nobel. Es, o al menos ha sido, un escritor de canciones increíble,  que cambió de arriba abajo el concepto de lo que era una canción. Me resulta imposible encontrar a alguien con tanta necesidad de cambio. Cuando me lo has preguntado, iba a responderte Cortázar, pero aunque su obra es maravillosa, siempre tiene unas constantes que se repiten, es un todo. Alguien capaz de luchar contra su mito con tanta fuerza… no sé si hay en la literatura un ejemplo semejante. Algunos fueron rebeldes, como Rulfo, a base de no querer escribir más, pero no es lo mismo”.

¿Qué opinas de su faceta como prosista?

“Depende cuál de ellas”.

Tanto en “Tarántula” como en sus “Crónicas”.

“Tengo una primera edición de ‘Tarántula’, que me regaló Javier Marías. Es un disparate absoluto. Las crónicas, en cambio, me hicieron mucha gracia. Una vez más, lo que nadie esperaba de Dylan es que hiciera un libro tan de sujeto, verbo y predicado. Está muy bien, y da gusto oírle contar esas cosas, imaginarse a los fans que andaban por su tejado. Yo a Dylan nunca le pongo pegas, en todo lo que hace hay un punto de interés”.

Y qué te parece su último disco, “Together Through Life”.

“Me parece que es el penúltimo y el antepenúltimo también. Se ha convertido en una especie de cantante de karaoke. Hace discos que tienen todos los géneros, con músicos que tocan como los ángeles, y canta de una manara maravillosa. Lo que pasa es que las canciones… ninguna habría entrado en ‘Blonde on Blonde’ ni tampoco en ‘Blood on the Tracks’, o en ‘Desire’… ni siquiera sé si habrían podido entrar en ‘Time out of Mind’,  por ejemplo. Es Dylan, y con eso me basta. Lo que sí que creo es que está cantando mejor que nunca”.

También es fantástico su programa de radio. Tú vas habitualmente a la radio. ¿Crees que gracias a Internet la radio volverá a ser igual de popular que antes? Porque hubo un tiempo que parecía que iba a morir, ya sabes, video killed the radio star…

“No es por casualidad. La radio es la que mejor se va a adaptar, de manera natural, a los nuevos soportes. Es que ya estamos hablando de los podcast, la radio a la carta. Fíjate, los periódicos están sufriendo el ser objetos de otro siglo. No tienes más que poner un periódico al lado de un iPhone, no tienen mucho que ver. En cambio, la radio no sufre esa tesitura. Este es un mundo en el que se busca llevar las cosas en el bolsillo, un mundo portátil. Ahora lo que importa es que todo lo que tienes en Madrid, te las puedas llevar a Nueva York. Das a un botón, y tienes toda tu música, o tu novela….en aparatos diminutos. En ese mundo la radio entra perfectamente, y se va a quedar con el pastel de la prensa”.

A nivel de prensa, un proyecto interesante que hiciste fue el de prologar una colección de Blueberry, que se regalaba con un diario.

“De cómics entiendo más bien poco. Esa parte me la salté. No soy gran lector de cómics. Me encanta Blueberry, Corto Maltés, Tintín… me gustaba mucho ‘Spirit’, pero no he llegado más allá, no es una cultura que haya seguido. No por nada, sino porque no me ha dado tiempo a abarcarla, y soy obsesivo,  soy de los que si oye una canción de Nick Drake, inmediatamente tiene que tener todos los discos de Nick Drake, aunque haya que ir a buscarlos al fondo del infierno. No soporto conocer las cosas de manera parcial. Por eso me escapé del cómic, porque sabía que sino, no iba a caber en casa”. (Risas)

¿Te interesó la adaptación al cine de Blueberry?

“No me gustó mucho”.

Era muy chamánica, muy Jodorowsky.

“Cierto. Además, yo creo que le quitaban a Blueberry la parte oscura, que es la mejor de todas. La parte canalla, y…no, no creo que estuviera bien”.

¿Has pensado en que algún día se podría adaptar una novela tuya al cine?

“Ya lo han intentado algunos, lo que pasa es que como no me gustaba lo que me proponían, he decidido decir que no. Me fijo en los mayores, en la gente a la que admiro. Tengo muy presente a Juan Marsé, al que han destrozado novelas maravillosas para hacer películas que no llegan ni a la mitad de la categoría del original. Lo digo yo, y lo dice él. Por eso, como hasta ahora me han venido opciones para hacer cosas que no me gustaban, he preferido rechazarlas. Ahora hay alguna cosa por ahí, ya veremos qué pasa. Me encantaría que alguien que hiciera una película absolutamente irreverente con una novela mía, que se pasara la novela por el arco del triunfo e hiciera algo grande. Eso sí que me gustaría”.

¿Qué directores te gustaría que adaptaran algo tuyo?

“Si lo hace Scorsese, va a estar muy bien, o los Coen. (Risas) Aquí, en España, me gustaría que la hiciera Fernandito León, que es el tipo que más talento tiene de los últimos años”.

¿No te parece que tanto los Coen, como Scorsese, han perdido algo de magia?

“Ni de coña. Con la última peli de los Coen me reí como no me reía hace tiempo. En cuanto a  Scorsese, es cierto que el documental de los Rolling no le salió demasiado bien, pero el de Dylan era otra obra maestra, como ‘El último vals’, y tantas otras suyas. Scorsese es lo más”.

Lo que quiero decir es que ha perdido….la intensidad, y la creatividad.

“Bueno, a mí ‘Gangs of New York’ me interesa mucho, y ya sé que no es ‘Toro Salvaje’, ni de lejos, pero hay cosas que me atraen”.

¿Algún director que te haya llamado la atención últimamente?

“Buff, no lo se. Me gustó mucho, como a casi todo el mundo, ‘La vida de los otros’, de un director alemán cuyo nombre no recuerdo nunca. (Risas) Me gustan muchas cosas. Veo todo el rato cine, y hay pelis que me parecen buenas, y que el resto de la gente detesta. No sé, si de diez que ves, una te gusta, con eso me conformo”.

¿Qué proyectos tienes ahora mismo?

“Estoy haciendo mil cosas, como siempre. Ahora estoy con una novela que pienso terminar este verano. Hemos estado trabajando Joaquín (Sabina) y yo en canciones para un disco, que también saldrá en octubre, y estamos dándolas los últimos toques. Voy a escribir también un libro contando cómo hemos hecho ese disco, porque ha sido un proceso diferente, muy Rock N’Roll. Haciendo las cosas más extrañas en los sitios más raros, hasta las horas más tardías (Risas).  Esas tres cosas tengo en la cabeza. Espero tener después del verano dos libros terminados, la novela, en la que llevo trabajando casi cuatro años, y este otro libro, como si fuera la Rolling Thunder Revue de Dylan contada por Sam Shepard”.

Para terminar…el otro día murió una leyenda, Michael Jackson, y me gustaría que finalizáramos hablando de él.

“Me parecía fantástico. Estuve en un concierto suyo en el noventa y algo, en el Vicente Calderón.  Alucinante el espectáculo, cómo cantaba, cómo bailaba a la vez que cantaba, y el concepto en general. Al final, recuerdo que le ponían unas bombonas como en los dibujos animados, y se iba volando, mientras saludaba a la gente. Bueno, no creo que sea el que va después de Elvis y los Beatles, como dicen. Tampoco entiendo muy bien por qué fue el tipo que quisieron convertir en un monstruo por sus cambios de color de piel. El noventa por ciento de los actores, y actrices del mundo se operan, se ponen, se quitan, se estiran y se alzan. Por qué solo la gente se metía con él. No lo entiendo. El error fue quererse comprar el esqueleto del hombre elefante, eso no hay reputación que lo soporte. (Risas) Me parecía un tipo grande, que cometió un error aún más grande que él, despedir a Quincey Jones. Los tres discos que hizo con Quincy Jones son prodigiosos. Michael Jackson era la mitad de un genio, y creyó que ser el genio entero. A partir de ahí, todos los discos que hizo… siempre había algo que me gustaba, pero nunca llegaron a ser lo mismo. Yo los iba comprando todos, y mantuve la esperanza de, que en un momento determinado hiciera otro disco redondo, pero le salieron cuadrados todos. Aún así, fue fantástico”.

P1, 2009, noviembre.

comentarios
  1. Dylan dice:

    Tus palabras han escrito futuro, ahora tú eres ese personaje de literatura.

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