Adiós a L.M. Panero.

Publicado: marzo 9, 2014 en literatura
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Siempre retumba una especie de muzak espiritual, contraviniendo el origen del término musical, al atardecer, especialmente en primavera o en el estío. Subyace algo intangible, inefable en sí mismo. El crepúsculo es cuando los rayos del sol nos ofrecen su gama de colores más amplia, llegando incluso a evocar la sangre que nos drena el vampiro de la vida, para, al final, difuminarse en un nostálgico púrpura.

De dolorosa nostalgia, si es que pueden yuxtaponerse ambos conceptos, y línea sanguínea, trata ‘El desencuentro’ de Jaime Chavarri, primer documental sobre la familia Panero. Una familia de letraheridos, de resentimientos y heridas que se intentaron cauterizar a base de alcohol, drogas y actos salvajes. De nada sirvió. El patriarca, famoso y notable poeta del franquismo, marcó a sus tres hijos para siempre. Hace diez años nos dejó Michi Panero, el pequeño de la trilogía, excelso escritor. Hace un año, el mayor, el aventurero Juan Luis, de nuevo excelso. Hace unos días, Leopoldo María Panero, el Peter Punk intermedio, sabiendo que me repito, de nuevo excelso escritor, en este caso, abocado a los psiquiátricos.

Con diecinueve años recién cumplidos, en plena época de crisis de identidad, pero aún atraído por los cantos de sirena del romanticismo y el malditismo de Cernuda, Baudelaire, y tantos otros, con una pizca de esperanza puesta en Novalis, acudí a conocer a Leopoldo María Panero. Fue una tarde de mayo, creo, del 2003, en el retiro. Fui con un amigo desde la zona de los colegios mayores, paseando, reflexionando, hacia el dios de oro y barro. Nadie más adecuado en esa travesía que Dión, exquisito conversador, refinada persona que tuvo que convertirse en hombre antes de tiempo, se diría que nacido en otra época. De bellos, delicados gestos faciales, Dión tiene un pie en el esteticismo y amor a las bellas artes de un Oscar Wilde (gracias a él aprecié la música clásica en su magnitud), y otro en el pragmatismo sociopolítico, eterno analista de los cambios históricos, sociales, políticos. El compañero ideal para seguir una campaña de la presidencia de los Estados Unidos.

Una vez allí, frente al stand de la editorial Huerga y Fierro, vimos a Panero meando en la parte trasera. Se percató y nos lanzó una de esas sonrisas pícaras de niño pequeño al que no puedes castigar por una pequeña travesura, siendo él mismo consciente del acto. Previo a nuestro turno, un imbécil intentó vacilar al legendario poeta, diciéndole que él también escribía poesía, equiparándosele y tomándolo como un simple loco (qué palabra más odiosa en boca de algunos, y maravilloso en boca de otros). Panero hizo su papel de “loco”, riéndose y mirando al infinito, sin hacer ni puto caso del anónimo ejercitante de ripios. En mi turno, le di la mano, y a pesar de la arrogancia de esos años, claudiqué como una groupie cualquiera, mostrándole mis respetos y halagando su poesía. Panero dejó su papel, se comportó de forma muy educada, me firmó los tres libros que  llevé, intentando dedicárselos a un ángel –supongo que porque en esa edad aún poseía un cuadro de Dorian Grey, no como ahora-, citándome escritores que no había oído en mi vida, y ya no recuerdo. Finalmente, le di la mano y me despedí. Esos fueron los breves minutos que mi vida se cruzó con la de Panero. Una nimiedad, una anécdota mitómana, pero que guardo con gran cariño. Más aún teniendo en cuenta que, por aquellos años, junto a otro amigo, cual enfants terribles- en realidad estúpidos engreídos que se creían existencialistas-, solíamos ir a recitales de poesía, que habitualmente terminaban en broncas dialécticas frente al elitismo y estupidez inherentes al mundo editorial. Panero fue de las pocas excepciones, junto a Joan Margarit, en las que vislumbré humanidad, empatía. Y conocí varios poetas de renombre, cuyo nombre no merece ser citado.

Me queda la espina clavada del proyecto inconcluso, idea de otro buen amigo, el diseñador Miguel Luque, de realizar un corto en el que Panero sería el actor protagonista, haciendo de moderno Don Quijote. Al menos, puedo pinchar el disco de Panero y escuchar la sugestiva voz de Bruno Galindo recitando sus poemas.

Carnaby Street jamás será lo mismo.

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