NEVER MIND THE PUSSY RIOT-

Publicado: mayo 10, 2018 en Uncategorized

 

Crónica de una semana moscovita.

bollocks

Hace treinta y cinco años Johnny Rotten marcaba un nuevo rumbo en el punk, cantando desde la ironía y el inconformismo. Los Pistols, y los grupos ingleses por añadido, daban un claro cariz de denuncia política a un movimiento, surgido en Estados Unidos, que no nació con mayor intención que el de tocar por tocar, reflejando el hastío vital sin proponerse legar un mensaje al mundo-aunque lo legara-. La canción que abría la caja de Pandora (Nevermind the Bollocks), Holiday in the Sun, hablaba de esas vacaciones alternativas a las típicas guías turísticas. Este agosto, quise vivir esas vacaciones durante una semana en la capital de Rusia, Moscú, en plena recta final del juicio de las Pussy Riot, aquel grupo femenino punk que había cantado meses antes, en una iglesia ortodoxa, contra Putin.

Moscú es, en una correlación diferente, como Berlín. Son ciudades excepcionales dentro de su país. Si en Alemania Berlín es un oasis de libre pensamiento, de ideas progresistas y arties, en Rusia Moscú centraliza todo lo que Putin desea exportar como imagen exterior del país, aunque las localidades no importantes vivan en condiciones precarias. El capitalismo exacerbado, insultante, agresivo. Coches de gran cilindrada comparten las calles con franquicias de las marcas de moda o joyería más caras del mundo. Como toda urbe importante, se maneja en círculos concéntricos, y por muy grande que sea su centro, cuanto más te alejas de él, menos opulencia ves, mayores diferencias vislumbras.

Tarareando en mi cabeza la playera Back in The U.S.S.R. de Macca, escojo en el avión de ida entre los numerosos diarios el único que no está en cirílico, The Moscow Times, con foto de las Pussy Riot en portada. Es un periódico semanal en inglés manejado por una corporación editorial nórdica, y por lo tanto, puede permitirse mayores licencias que otros diarios locales moscovitas, en un tono más comprometido que el otro famoso  periódico semanal en inglés, el Moscow News. Por lo que leo, hasta que no terminen los juegos olímpicos, no se dictará veredicto. Los abogados defensores de las tres chicas acusadas de blasfemia, no son muy optimistas. Se dice que ese retraso en la deliberación se debe a intentar evitar una mayor presión internacional coincidiendo con los lucrativos eventos deportivos de Londres. Esa será, hasta el viaje de vuelta una semana después, el viernes diecisiete de agosto, las únicas apariciones gráficas en primera plana que veré del caso en la prensa rusa. Dado que el nivel de inglés de los moscovitas es limitado, por decirlo eufemísticamente, las voces críticas no se filtran entre la población civil. Cuando pregunto a personas de diferentes estratos sociales por su opinión de las Pussy Riot –en el estadio del Lokomotive, en un club indie, a nuestro contacto allí – , la respuesta es siempre la misma: sí, saben de qué hablo, pero nadie manifiesta ninguna postura, intentan evitar el tema. ¿No está visto mal Putin entonces? No es que sea del agrado de los moscovitas, pero al igual que sucedió con Giuliani y Nueva York, Putin ha reconstruido la capital, convirtiéndola en una ciudad menos peligrosa, con un mayor control de todo. Entre el mal de la falsa democracia de Putin y la penuria anterior, la balanza se decanta por el ex KGB. Al menos, esa imagen dan los caminantes cuando no hay elecciones a la vista, y hasta dentro de cuatro años, no habrá otras “fraudulentas” elecciones. Puede que en Occidente las redes sociales ardan de indignación por el caso de las chicas punks, pero en Moscú no es el tema ideal para iniciar conversación. Por mucho que una oportunista Madonna haya cantado frente a un público adinerado a favor de las Pussy Riot en sus recientes actuaciones en el estadio olímpico.

En una ciudad tan grandilocuente, donde conviven los resquicios arquitectónicos del comunismo y las grandes corporaciones capitalistas, en uno de los tantos largos paseos maratonianos por esas calles interminables, sólo observo una pintada a favor de las Pussy Riots en el suelo, justo debajo de un andamio, antes de entrar en uno de los túneles que atraviesan una de las avenidas (única manera de cruzar la calle en una ciudad donde los coches importan más que los viandantes). Viendo el excesivo despliegue policial en la ciudad, nadie se arriesga. Ni siquiera en el concierto de la cantante rusa alternativa Inna Zhelannaya, escuchamos alguna referencia. Mi acompañante y yo acudimos al lugar de los hechos, la Catedral de Cristo Salvador, donde las cinco componentes del grupo cantaron a la madre de Dios para que expulsara a Putin del poder. Vistas nuestras camisetas punks y referencias a los Ramones, nos acompañan diligentemente hasta la puerta. Cuando cojo el avión de regreso, ya se sabe que serán dos años los que pasarán entre rejas, acusadas de blasfemia, a pesar de sus alegatos políticos, no religiosos. Ya en España, leo que se buscan a las otras integrantes del grupo. Sino fuera por Internet, quizá jamás nos habríamos enterado de nada. Es el precio de ser punk en Rusia, que a (casi) nadie le importe.

Publicado originalmente en la web de Rolling Stone España.

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